Entregarse

Uno de los problemas con el que debemos lidiar a diario es, el temor a la soledad. Por esencia, el hombre como ser humano pensante, es un ser social. Desde la antigüedad, tenemos datos acerca de la convivencia en pequeños grupos de población. Los datos recopilados de las últimas investigaciones arqueológicas así lo confirman. Acá en Chile, hace pocos meses, fue muy comentado el hallazgo de unas momias que murieron “abrazadas”; imagen que muchos asociaron al sentimiento de pertenencia.
Desde pequeños y a medida que vamos creciendo, nos desarrollamos entorno a personas. Los primeros años de vida, nuestro principal apoyo es la madre; por el alimento, el abrigo, etc. El segundo personaje importante es el padre; que apoya a la madre en la crianza. Luego viene la etapa del jardín de niños. Acá, damos nuestros primeros pasos en la sociabilización, conociendo amiguitos, y participando de las actividades grupales, preparándonos de ese modo, para hacer frente al mundo. En el paso por la primaria, las relaciones amistosas se fortalecen con personas a fin. Dicha amistad, se forja comparando los gustos, enseñanzas, valores, intereses de cada cual, para compartir momentos que son únicos de cada edad. En la adolescencia, el asunto se masifica. Aparecen las fiestas. Las vestimentas alternativas en busca de una identidad propia. La búsqueda de nuevas sensaciones, y la inmadurez propias de la edad, hacen que realicemos actos sin tomarle el peso al asunto; fiestas alocadas, saltos desde gran altura en skate, el descubrir el placer sexual, etc., son parte de un grupo de actitudes acordes a la edad de la adolescencia. Precisamente, la etapa en que se “adolece”, o sea, se siente el rigor del paso por la etapa pre-madurez. También aparece la pareja. El sentimiento de amor nuevamente se hace presente en la vida del hombre. Pero, buscamos otra clase de amor. Si en los primero años de vida, buscábamos el afecto en los padres, la familia, los amigos. En estos años, el “amor” sufre un cambio, para, en vez de recibir, entregarse a la persona amada.
Confirmando dicha relación, damos el paso a casarnos y compartir la existencia con un ser a fin, compartiendo situaciones, problemas, y por supuesto, alegrías que son otorgadas a cada instante, por el sentimiento del amor. Un día, conversando trivialidades con un amigo en un café, éste me preguntó: “¿Por qué hay que casarse por la Iglesia? Eso está pasado de moda…”. Lamentablemente, no son pocas las personas que tienen esta visión sobre el matrimonio. Casualmente, son las personas que han tenido una vaga educación en la fe. Yo no soy erudito, pero como católico, he aprendido muchas cosas sobre la vida. La respuesta fue cariñosa y tratando de buscar el crecimiento de mi amigo, sin tener la intensión de “convencer” al hombre acerca de mi postura, sólo quería que tuviera otra visión sobre el asunto para que utilice su raciocinio. “Amigo, yo sé que tú no crees, o más bien, no entiendes lo que es Dios. Déjame decirte lo que pienso al respecto: Dios amigo, es amor. Amor, viene del Latín: ‘A’, sin; ‘Mortis’, muerte; o sea, amor quiere decir, ‘sin muerte’. El sentimiento llamado amor, es el que busca la felicidad en el otro sin esperar nada a cambio. Eso es Dios, amar; entregarse a la persona que ‘hace’ cosas por ti. El matrimonio, es una ceremonia ante Dios a modo de compromiso y agradecimiento por la enseñanza de este sentimiento, que tantas alegrías trae a nuestras vidas”. Lo lindo de este asunto, es la compañía que nos haremos como pareja, “para siempre; hasta que la muerte nos separe”. Cuidarse, amarse, respetarse. El mensaje de Jesús: “Ámense unos a otros, como yo los he amado” (Jn 13,34-35). Obviamente, extensible no sólo al matrimonio, sino, para convivir y relacionarnos con nuestro entorno y las personas que tenemos cerca.
La soledad civil, vivida de forma egoísta es una vida dolorosa. No hay nada más hermoso que dar. El sentimiento que experimentamos al entregar, es a lo máximo que una persona puede aspirar. Más aún, sabiendo que estamos de paso por este mundo, a modo de preparación, para la que será la máxima de las dichas: “la ‘vida’ eterna”. Más que creer (cosa que es primordial), la invitación es a actuar, hacer, poner en práctica la palabra con actos concretos. La fe crece, el espíritu se fortalece, se consigue la vida.
Admirable ver, cómo hay muchas personas que aún cultivan los valores cristianos. Te felicito Francisco. Recibe un abrazo en la distancia.
ResponderBorrarFrancisco:
ResponderBorrarQué lindo todo lo que expresas. El mundo, definitivamente sería otro, si todos pusiéramos de nuestra parte para hacerlo siempre mejor. Concuerdo con Felipe, en el sentido, que es lindo ver que un joven vive con valores cristianos su vida; porque en este mundo, los chiquillos cada miran con malos ojos el tema, y dan paso al desenfreno y al 'livin la vida loca'.
Te felicito, y seguiré leyendo tus líneas.
La soledad... un eterno temor de todo ser humano, pero lo cierto es queforma parte de su condicion, lo cual nos lleva a entender y hasta a sobrellevarla como una parte ineludible de nuestras vidas!!!
ResponderBorrartu blog es excelente!
abrazos!