El Accidente


Sentado en la terraza de un café, disfrutaba del sol y la calidez del día. La paz, la tranquilidad se vio alterada con un fuerte estruendo. Volteo para mirar, y veo tirado en el piso a un muchacho de unos 20 años. El pobre se retorcía de dolor, mientras las personas se aglomeraban junto al cuerpo caído del chico. Miré alrededor a ver si encontraba explicación a su accidente, lo que hallé fue su moto retorcida junto a la cuneta. Muchas de las personas miraban atónitas la escena lamentando lo sucedido. Llegó la policía, bomberos y, media hora más tarde, la ambulancia del servicio médico de urgencia. En el café, las personas comentaban el incidente. Los mozos aprovechaban para “sacar la vuelta” al trabajo. Yo, seguía leyendo mi diario, pero, levanté la mirada, y vino a mi mente el recuerdo de una situación similar, vivida hace algunos años por mi amigo Juan.

Era una tarde de primavera, creo que corría el mes de octubre… el año no lo diré para no evidenciar la edad, pero no fue hace mucho. Recuerdo que nos habíamos reunido a jugar fútbol. Nos alistábamos para comenzar, cuando nos vimos interrumpidos por el fuerte sonido de un motor. Era Juan, en compañía de un amigo de su tío Robert. El amigo, era Luis, dueño de una moto estilo Hartley Davidson. Cómo rugía ese motor; provocaba un tremendo jaleo auditivo. Éramos curiosos, y para aquel entonces, observar esa moto provocaba una extraña sensación de éxtasis motorizado. Juanito, para sentirse “bacán”, le pidió la motocicleta a su amigo para demostrarnos que era capaz de conducirla. Lo mirábamos con admiración; es que, sentíamos que era súper taquilla que nuestro amigo condujera el vehículo. Mientras comentábamos, el hombrón sale dirección norte. La salida fue lenta, más bien, cautelosa. Pero la idea de Juanucho, era sorprendernos. Tomó impulso, y pasó frente a nosotros rápidamente… nosotros celebrábamos su actuar. No alcanzó los 100 metros, y se produjo lo que algunos presentían, Juan perdía el control del aparato y caía exageradamente sobre el pavimento. Fueron momentos de angustia. Corrimos para ver su estado, nuestra mayor preocupación era que no tuviese fracturas, o algo por el estilo. Afortunadamente, nada de eso pasó, la caída fue fortuita y sin daños físicos. “De la que salvaste Juan” -Le decía Marco-; pero, ¿Y la moto? Levanté la cabeza, y Luis, el dueño de la moto, caminaba apresuradamente hacia nosotros. Pensamos que se molestaría, pues el daño a su moto no sería sencillo de reparar, además, asumiendo el costo que ello implica. Nos imaginábamos la peor reprimenda de la historia… “¿Cómo estamos Juan? ¿Cómo te sientes…?” -Preguntaba ansiosamente Luis- Bien, me siento bien -Le respondía mi amigo con voz tímida y temblorosa- “Pero, ¿Y la moto? ¿Cómo quedó la moto?” -Agregaba Juan- ¡Olvídate de la moto! Lo importante acá es que tú estés bien -Respondió Luis-. Respiramos aliviados en el momento, producto de la edad, le dimos más importancia a lo material y al posible castigo que se le venía a nuestro amigo. Llamé a uno de mis tíos, quien nos ayudó a transportar la moto hasta un taller. De Luis, no supimos nunca más.

Pasaron algunos días, y pensé en lo acontecido. Jamás supe lo que dijo el papá de Juan acerca del incidente; si lo retó, lo castigó, etc. Nadie le quería preguntar a Juanito, para no recordar el accidente. Sólo recuerdo, que no lo vimos por unos 20 días… ¿Qué hubiese hecho en el lugar de Luis? ¿De qué me habría ocupado primero: de la moto o por él? Lo descubrí con el paso de un par de años. Tenía mi propio auto, y tuve la romántica y genial idea, de enseñarle a conducir a la polola de turno. Aprendió lo básico rápidamente. Luego, aprendió a estacionar. Y, finalmente, a conducir por carretera. Un día, fuimos a de visita a la casa de una de sus primas. Era la hora del té, y la chica necesitaba ir de compras. Como no era lejos, le pasé las llaves del auto. Mala idea. Al tratar de salir, en vez de poner primera, puso reversa… desde aquel día, el parachoques trasero quedó con una marca de por vida. Me dio tanta rabia, pero me la tragué. Cínicamente, dije que no importaba, y que no era nada de cuidado. Al día siguiente, fui a la casa de mi abuelo. Como ya me conoce, me preguntó qué me pasaba que andaba con esa cara. Le conté. Me escuchó atentamente todo lo que decía. Al finalizar, me interrumpió y me retó, diciendo: “mal pues, hijo. No te puedes molestar por eso. Nadie tiene asegurada la vida, y nadie maneja lo que pasará… apenas le pasaste el auto a la chica, debiste razonar que le podía pasar algo. Y eso no lo pensaste. Por eso la molestia. Ella no tuvo la culpa, pues el que ‘autorizó’ el hecho fuiste tú. Por lo tanto, tú eres el responsable de lo que sucedió…”; O sea, ¿Más encima tengo la culpa? ¡Qué injusto es mi tata! -Pensaba-. Con el tiempo comprendí el mensaje. Cuando me pedían el auto, analizaba si esa persona tenía experiencia conduciendo, pero a la vez, asumía que algo podría pasar. Más avanzada edad, no importaba lo material… así fue como evolucioné.

¿Ven la cantidad de recuerdos que se vienen a la mente en cuestión de segundos? Todo esto pensé, mientras miraba el accidente del chico frente al café. La pregunta que me hago ahora, es: ¿Qué dirá el dueño de la moto si esta es prestada? ¿Qué dirá el padre cuando sepa lo acontecido? ¿Cuál será su reacción? ¿Se ocupará de él o de la moto? A la vez, pienso, ¿Cómo reaccionaría mi hermano mayor si le choco su auto? ¿Cómo reaccionaría?

Qué rico café… tanto que nos cuesta razonar que no nos llevaremos nada de este mundo. Es increíble ver, cómo las personas no razonan esto, y se apegan a lo material dejando de lado, incluso, la salud física de las personas cercanas. “Yo soy feliz, sólo con lo indispensable… el resto, se lo dejo al mundo” -Me dijo un sacerdote amigo, que ya no está- Y, cuánta razón. Uno de tantos problemas del mundo: “el apego a las cosas y las personas”, el mensaje está claro, que nos hagamos los ciegos, es otra cosa.

Comentarios

  1. Amigo, el ser humano anda pendiente de trivialidades. Siempre fue así, y así será. Lo bueno de todo esto, es que existen personas con el potencial de cambiar este alocado mundo.

    Linda experiencia, te felicito.

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