Practicar: lo básico

Hace unos días un amigo me preguntó qué pretendía con este blog. La respuesta que le di, es la misma que expongo para todos ustedes: “el crecimiento en la fe tiene su tiempo y su desarrollo totalmente autónomo en cada persona. Para aprender de religión, debemos comenzar desde lo básico. Tomando consciencia de nuestro nivel, podemos ir captando los mensajes inscritos en muchos medios: encíclicas, cartas apostólicas; algunos blog de teología, etc. En este sentido, intento ‘mostrar’ a los lectores, que es posible hacer la palabra escrita en la Biblia, enteramente vida. Saber llevar a nuestra realidad lo escrito, será la herramienta para comenzar a poner en práctica, y junto a eso, entender mucho más el mensaje de Jesús; que dicho sea de paso, es un mensaje de vida: convivencia, autoconocimiento, y cotidianidad. En la medida que hagamos ‘la palabra vida’, podremos entender muchos escritos que nos hablan acerca de la evolución que ha tenido la iglesia a lo largo del tiempo…”.
Mi caso, como el de muchas personas (sin generalizar, claro está), es conocer una religión infantil. Teniendo esa imagen de Dios como un ser elevado a los cielos de modo explícito. Sin comprender, que el estado de plenitud, paz, tranquilidad, estabilidad emocional y amor entre las personas, es lo que denominamos “cielo”. Desconozco qué día, o qué artista representó el cielo aludiendo su similitud con las cualidades descritas. Pero, no podemos negar la capacidad de asimilación de ese personaje, porque, el cielo retrata y describe precisamente, todo lo que experimentamos los seres humanos.
Cosas de este tipo, nos hacen crecer con la religión totalmente fuera de nuestra vida; como algo ajeno que no nos afecta. Siendo que la realidad es totalmente palpable, y a cada instante, surgen diversas inquietudes que nos llevan a la preocupación, y por ende, al desequilibrio vital: estrés, agotamiento, mal humor, intolerancia, etc. Dado estos síntomas, es el origen de la búsqueda incansable del ser humano por la “verdad”; pero busca mal. Desde el comienzo, el hombre ha querido ponerse en el lugar de Dios: “tomar decisiones, adquirir pertenencias; conocimiento y autosuficiencia, es el legado de muchos de nuestros antecesores”. Es imposible prescindir de Dios. Somos parte de este mundo que él creó fruto del amor. Por lo tanto, si somos parte de la creación (del amor), no podemos pretender eximirnos a su práctica.
Un día, una chica se me acercó y me preguntó qué era el amor; su pregunta, iba dirigida a resolver su inquietud de “palpar” dicho sentimiento. Le respondí, que el amor es posible vivirlo de muchas maneras. Pero hay una en particular, que puede graficar de buen modo la respuesta a tu pregunta: “lo que se experimenta al amar a otra persona, es igual, al sentimiento que tu madre tiene hacia ti, y viceversa. Entonces, imagina la abundancia de amor en el corazón de Dios que nos ama a todos por igual. O el amor de un sacerdote como el Padre Hurtado, que amaba a sus niños como si fueran sus propios hijos, ¿Estás en condiciones de amar a ese nivel? Es la invitación de Dios: ‘ámense unos a otros, como yo los he amado’ (Jn. 13, 34-35); y es por eso, que los católicos veneramos la vida de los santos, por su ejemplo de vida”.
Recuerdo un capítulo de mi vida, que me tocó vivir en el sur de Chile en un lugar llamado “Torres del Paine”. Este lugar especial, se caracteriza por contar con muchos visitantes de diversos lugares del mundo: Franceses, Ingleses, Holandeses, Noruegos, Suecos, Españoles, Italianos; son algunos de los visitantes ilustres presentes en este parque nacional chileno. Llegué a uno de los campamentos llamado “el Italiano”. Estaba muy cansado producto de una larga caminata (algo así como un par de horas para llegar allí). Armé mi carpa. Puse la cocinilla, y me dispuse a preparar la cena: “tallarines con salsa de tomates, atún, y queso rallado”. Miré a mi lado derecho, y me percaté de la presencia de un joven de unos 25 años que estaba solo y con un libro entre sus manos. Al levantar la vista, observé que muchos comían; menos él. Terminé de cocinar, y le ofrecí un plato para compartir. Aceptó, conversamos un rato. Es austríaco, trabaja hace un par de años en Argentina, y estaba de vacaciones en Chile; problemas con el idioma no tuvimos, puesto que por vivir en el país vecino, dominaba a la perfección el español. Al día siguiente, me levanté, fui al baño, y me propuse desayunar. Estaba preparando las cosas para comenzar, y mi nuevo amigo austríaco me sorprende sosteniendo entre sus brazos un termo con agua caliente. Dos tazas, y un par de sándwich de queso con jamón completaban el cuadro. Me dice: “buen día, Francisco. Hoy me tocó a mí invitarte a desayunar… espero no te moleste llegar así de improviso”. Para nada -Le respondí- estoy agradecido… y nos sentamos a compartir.
Ustedes no se imaginan cómo disfrutamos ese desayuno. Mientras comíamos, pensaba en la esencia del ser humano: “todos estamos hechos para amar. Qué lindo sería el mundo, si todos actuáramos con el corazón”.
Francisco:
ResponderBorrarMuy útil lo que escribiste, da para pensar mucho sobre el tema. Comparto que las personas tenemos un crecimiento particular en la fe. Pero jamás es definitivo, cada día podemos aprender muchas cosas más...
Te envío un abrazo.