Lección de vida



Cuando era pequeño, no entendía por qué su padre no estaba en algunas fechas importantes, como Navidad y Año Nuevo, por nombrar algunas. Creció con un dolor en el corazón pensando que su padre no lo quería o, simplemente, no le tomaba la real importancia que requería como hijo. Sin embargo, pese a no contar con la presencia de su padre en fechas importantes, a él jamás le faltó cariño y cosas materiales. Aunque, en muchas ocasiones hubiera cambiado todo lo que tenía por pasar más tiempo con su padre.

Su madre tampoco pasaba tanto tiempo con él, pues ambos -mamá y papá- trabajaban duro para brindarle lo mejor al hijo. Por lo mismo, y ante la preocupación por su bienestar, el joven vivió muchos años -sobre todo de su infancia- en casa de sus abuelos maternos; a quienes veía como padres. Así pasaron los años, hasta que llegó el momento de cambiar de aires e ir a vivir con sus padres; tenía 15 años. En esos momentos, el joven vivía el cambio de enseñanza: de básica a media. La relación con sus papás era cada vez más lejana, pese a vivir con ellos en el mismo hogar, la comunicación como grupo familiar era escasa. De lo que sí se percató el joven, fue el cambio que sufrió su padre: ya no le compraba las mejores cosas, sino, ahora optaba por cosas un poco más económicas; incluso imitaciones de los artículos de marca (algo que siempre le molestó por considerarlo "cagado"). Él no veía todo el esfuerzo que su padre hacía por complacerlo.

Con los años, el joven experimentó una nueva sensación. Se enteraría, a los dieciocho años, que tenía dos hermanos: Ximena y Germán. Fue en el nacimiento de la primera nieta, Aracelly, donde el muchacho los conocería en persona, pues ya habían hablado por teléfono ante la enfermedad del padre. Al conocerse, los hermanos se acogieron como tal, pese a las distintas circunstancias que les impidió compartir ese hermoso momento anteriormente. La afinidad llegó a tal extremo, que ellos (los hermanos más grandes) le brindaron sus hijos como ahijados; algo que se le dificultó mucho a nuestro amigo y no ha cumplido como corresponde. Pero siempre hay tiempo para enmendar las cosas; espero que recapacite pronto y aproveche los pequeños momentos que aún pueden compartir.

El joven ingresó a la universidad y comenzó a compartir con personas muy educadas. El primer error que cometió, fue ir a su casa y fijarse en el actuar de sus padres, que hasta ese entonces, habían recibido poca educación.

Hace unos días atrás, el padre le ofreció ganarse un dinero extra ayudándole a limpiar los vidrios de un par de oficinas; el padre hace esto una vez al mes para tener dinero extra. El muchacho accedió encantado; a nadie le viene mal ganar dinero extra.

Ese día, la jornada comenzó muy temprano: a las ocho de la mañana. Llegó puntual al trabajo de su padre para comenzar la faena. El hombre sacó dinero de su billetera, y le pidió al muchacho ir al supermercado para comprar unos panes y jamón de pavo para tomar desayuno. No sabe qué sucedió, pero en esos momentos comenzó a mirar a su padre de otra manera; le dio algo de pena ver el esfuerzo que éste hacía teniendo ya sus años encima. Pagó la cuenta del supermercado con su dinero, porque le dio cosa gastar el que su padre le había entregado. Esa mañana, como hace mucho tiempo, compartieron un desayuno simple a la vista de muchos, pero con otro sabor y valor para el muchacho.

El día terminaría a las siete de la tarde. Habían limpiado los vidrios del tercer y cuarto piso. Las manos del muchacho estaban irritadas de tanto pasar la plumilla quitando el jaboncillo de los vidrios. Los pies le dolían de tanto subir y bajar la escalera. Mismo esfuerzo y malestar presentaba su padre; y pensar que el "viejo querido" hace esto todos los meses; y mucho esfuerzo más...

Esa tarde se despidió de su padre con un abrazo. Le hubiese proferido un te quiero, pero le dio vergüenza; quizá, por el hecho de no comprender el real esfuerzo que su padre hace y, que ha hecho durante muchos años para brindarle lo mejor a él y a sus hermanos. Hoy puede decir con la frente en alto, que se siente orgulloso de su padre, y que desde ese día, lo ve con otros ojos y mucho respeto.

Dios tiene maneras muy especiales de hacernos ver el esfuerzo de un padre por sus hijos; para que vean lo importante de ponernos en el lugar del otro.


Comentarios

  1. Lo bueno de la vida, es que aprendes algo nuevo todos los días, para aprender te tienes que caer, así te paras y sabes en que fallaste. Muy Lindo Fran, un gran abrazo.

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  2. Cuando me pasa eso del desconocimiento por parte de los hijos nuestro amor y esfuerzo, pienso en que hay que darles tiempo, y ya me he ido dando cuenta de que es así.
    Lindo relato

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  3. Panchito... Tus palabras me sencibilizaron mucho, creo que muchos de nosostros como hijos muchas veces no valoramos lo que nuestros padres y abuelos nos dan, somos insencibles y nos da verguenza demostrar nuestros sentimineros... como te digo me hiciste pensar y replantearme muchas cosas
    Un besote grande Panchito y sigue escribiendo cosas que nos ayuden en la vida

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