Me detuve a pensar...

Son las 4 de la tarde, y estoy en una pequeña sala esperando a mi amigo Rodrigo. La habitación es sencilla, acogedora, de color blanco; un escritorio en el centro con 3 sillas. Encima, sobre la cubierta, un crucifijo de madera hermoso pone la tranquilidad al espacio. Estoy nervioso, siento entre pena y alegría de visitar a mi amigo. Hace poco más de un año que no lo veo. Cuando su madre me dijo que estaba en el monasterio, no me sorprendió, pues, tiene el carisma necesario para dedicarse a esto. Acá, es uno más de los habitantes. La jerarquía opera, pero no de la forma que acostumbramos afuera. El respeto entre los “hermanos” es loable e increíble. Al cruzar el umbral del pórtico de entrada, sientes la diferencia en el aire. No hay ruido. Tampoco bocinas de vehículos. Tan sólo puedes oír el cantar de las aves, y los pasos de alguien que se acerca, ¿Será Rodrigo?

Lo más grato de la conversación, fue descubrir que todo lo que se siente aquí, desde las conversaciones, hasta los actos, son cosas que siempre quise. No sé qué cara tenía en ese momento, pero fue tanta mi alegría al saber que me invitaban a quedarme por una semana adentro, que estuve al borde de llorar de la emoción que sentí.

Me chocaron algunas cosas, como el silencio que hay, y que nadie se hable. Todos se respetan. Cuando estás leyendo un libro, la persona que pasa cerca ni siquiera te pregunta, sino, por iniciativa propia no te interrumpe. No se producen roces. Cuando se producen malos entendidos, la situación se conversa de frente y honestamente. La humildad realmente se vive. Acá palpo la diferencia que hay aquí dentro con el “mundo”. Intenta decirle a una persona que una actitud de él te molesta; mejor olvídate de ese personaje. ¿Cuántas peleas maritales se evitarían si viviéramos la humildad?

Omití muchos detalles de situaciones que he vivido, y experiencias que difícilmente olvidaré. Porque, hay cosas que se viven acá dentro que no pueden saber todas las personas. No porque sean malas, sino, porque el tema se desconoce y fácilmente, puede tomarse a la chacota. Para despejar mi mente, seguiré una semana más. Y, la invitación, es a incluirme en labores del monasterio. Una de ellas es la cocina. Pero tengo ganas de formar parte en las misiones, espero poder participar para crecer y aportar con lo que más pueda. En mis oraciones están todos, mi familia y amigos. Veremos qué pasa.

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